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CRONICAS DE LOS BICENTENARIOS: Rosa Regás

16/12/2009

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CRONICAS DE LOS BICENTENARIOS: Rosa Regás

EL MILAGRO DE LA PEPA

Es indispensable celebrar, conmemorar, recordar uno de los hechos más importantes de nuestra Historia: la constitución de 1812, la “Pepa”. Y no solo con motivo de su bicentenario sino siempre porque de ella habrán de surgir con el paso del tiempo otras Constituciones defensoras como ella de los derechos civiles y políticos, de los derechos humanos.
Nuestra cerrazón como país a la hora de recordar lo que hicimos, tan extendida y evidente en los procesos aparentemente superados de nuestra Historia más reciente, nos ha hecho olvidar en las escuelas pero también en la calle la importancia de una Constitución que si bien duró poco supuso el inicio de un proceso en el que estamos hoy inmersos, el de la democracia parlamentaria. Pero al margen de su indiscutible importancia, fue también un verdadero milagro si pensamos en la situación y el ambiente político y social que reinaban en España en aquellos años y, sobre todo, la situación y el ambiente político y social que habían reinado en ella desde que España podía  llamarse con este nombre. Y antes aún. La Constitución de 1812, la Pepa, fue una Constitución progresista que reclamaba derechos fundamentales en un terreno hostil y todavía no abonado por la voluntad de la ciudadanía, como un lirio nace entre las hierbas de los ribazos. Y sin embargo, la defensa de esta Constitución por parte del pueblo por más represión que hubiera habido en el país durante tantos años, la falta  de compromiso de las clases más desfavorecidas de la ciudadanía derivada de la falta de educación, del oscurantismo y del despotismo en que se vivía, se erigió en otro nuevo milagro que nadie habría podido prever.
Fue una Constitución que, como el Guadiana, aparecía y desaparecía en el convulso panorama en el primer tercio de la vida política del país. Fue vigente de 1812 a 1814 cuando volvió a España el rey Fernando VII. Unos años de silencio y reapareció durante el Trienio Liberal de 1820 a 1823 para esconderse en las entrañas de la represión y no reaparecer hasta el breve período de 1836 a1837 bajo el gobierno progresista que preparaba la Constitución de 1837. Luego el silencio.
Tuvieron que pasar 119 años para que los españoles se ofrecieran, aprobaran y ratificaran la Constitución de 1931 en los primeros meses de la II República y otros 40 tras la muerte del dictador para que fuéramos capaces de hacer nuestra la Constitución por la que nos regimos hoy.
Pero el mérito que supone en los albores del siglo XIX la Constitución de 1812, la primera de España y una de las más liberales de su tiempo, debería hacernos recordar el coraje y la fidelidad a sus ideas de aquellos hombres que la crearon sin los cuales posiblemente no estaríamos hoy donde estamos, sin que ello quiera decir que no haga falta más trabajo, más entusiasmo, más devoción para creer que todos los derechos que defendemos hoy son los imprescindibles en una vida democrática y  para que nuestra Constitución se corresponda siempre con las situaciones cambiante del país y del mundo y los problemas nuevos que esas situaciones engendran.
Todavía no acabamos de saber como manejar algunos de los derechos de la Constitución de 1812 vigentes en nuestra Constitución de 1978  por más que todo el mundo cree conocerlos e interpretarlos correctamente. Pero no es esto lo que importa, siempre que se tenga conciencia de que en el perfeccionamiento de la Constitución radica precisamente su fuerza. Lo importante de nuestra Constitución es que de algún modo viene avalada por un proceso histórico, difícil y altamente injusto pero que finalmente ha desembocado en la posibilidad de consensuar un texto que ha tomado cuerpo en la ciudadanía y que hoy defienden incluso los que se negaron a votarla.
Nuestro recuerdo y admiración para aquellos hombres que hicieron posible la “Pepa” y  que frente a una larga Historia de monarquías absolutas supieron entrever el camino de la participación del pueblo en la vida nacional, la defensa de sus derechos y la posibilidad de una vida regida por la igualdad, la justicia y la libertad creando una Constitución, una de las más liberales de su época por la que se abolía la inquisición, se acordaba el reparto de tierras, la libertad de imprenta, la de industria y se establecía el sufragio para decidir quien tenía que gobernarlos. De esto hace ya 200 años.

     Rosa Regàs


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