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Homenaje a Antonio Hernández en las Presencias Literarias de la UCA

26/01/2015

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ANÁLISIS DE LA POESÍA.


“No hay justicia que le valga, porque Antonio Hernández es insaciable; no hay justicia que le valga porque él es injustificable”

 

Presencias Literarias comenzó su andadura en 2015 rindiéndole un merecido homenaje al escritor Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1943), galardonado el pasado mes de octubre con el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Poesía por la obra Nueva York antes de muerto, lo que avala la importancia y trascendencia de su obra y su figura. Pertenece el andaluz a esa hornada de la Generación del 60 o del Lenguaje, aunque él se definió en el Edificio Constitución 1812 de Cádiz como “un pobre lírico, porque en España, como decía Cela, no te dejan ser dos cosas a la vez. Me consideran sobre todo poeta, a pesar de haber escrito novelas, libros de cuentos, ensayos y artículos, aunque no me puedo quejar porque dicen que la poesía es la reina de los géneros”.

 

El homenaje de la Universidad de Cádiz a Antonio Hernández fue coordinado por el profesor José Jurado Morales, y se celebró el jueves 22 de enero con dos mesas redondas: la dedicada al análisis de su poesía y de su narrativa. El organizador explicó “lo difícil de sintetizar en una tarde su obra literaria” y pasó a enumerar su currículo y su listado de premios en el primero de los dos actos, el dedicado a su poesía, que contó con la presencia de Juan José Vélez, Blanca Flores y Ana Sofía Pérez-Bustamante, “tres amigos, tres poetas y tres investigadores”, en palabras del profesor Jurado.

 

Juan José Vélez reconoció tener obsesión por los títulos “desde que empecé a leer, por eso quisiera sobrevolar por la obra poética de Antonio Hernández tomando sus títulos como hilo conductor para realizar un rápido análisis”. Esta panorámica hizo visibles las costuras de su creación poética, donde destaca “el dolor por el destierro en la capital, con un fuerte sentimiento andaluz”.

 

Blanca Flores, en segundo lugar, recordó sus primeros contactos personales y literarios con Hernández en la década de los noventa; y desglosó algunas de sus fuentes: Julio Mariscal, Fernando Quiñones, Carlos Edmundo de Ory, “que eran además amigos cercanos”, o José Hierro y Juan Ramón Jiménez. Para Flores, Nueva York después de muerto es algo más que un poema: “son sus pensamientos de madurez, un deleite”.

 

Ana Sofía Pérez-Bustamante, en último lugar, introdujo una nueva ráfaga de intimidad y complicidad al sostener que “no hay justicia que le valga, porque Antonio Hernández es insaciable. O mejor: a Antonio Hernández no hay justicia que le valga porque Antonio es injustificable”. Un poeta que acompaña. Que deslumbra. Que crea poesía “como forma de conocimiento”. Pérez-Bustamante aseguró que “Antonio dice que hay que alimentar al enemigo, pero su enemigo real, el más grande, el más mejor, es el que él lleva dentro. Su lucha con y contra el ángel”.

 

Antonio Hernández tomó la palabra para leer –“ahora mismo no sabría qué decir, porque soy tímido aunque no lo parezca”- un poema escrito a su hijo Miguel Hernández, con el que puso un punto y seguido en esta jornada cómplice. Todo lo que sobre el homenajeado se dijo se quedó entre nosotros en forma de verso, en revelación que no se detiene.

 

DANIEL HEREDIA

 


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