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Los Hermanos Dalton y Julio Cable en Campus Rock Cádiz. Crónica de Enrique Alcina.

11/04/2015

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LA FAMILIA DALTON BIEN, GRACIAS

 

Maduritos interesantes, indignados con guasa, cercanos y rompedores, Los Hermanos Dalton atacan “Tu revolución” de primeras, tras el célebre monólogo de Blade Runner y dejan caer su declaración de principios y finales sin más contemplaciones, “un guiño a algo que falta hoy, la rebeldía”, y se desmarcan de las etiquetas y sectas venenosas: “Somos la alternativa a los alternativos; más independientes, imposible”. 

 

Un cuartito de siglo después, en La Bomba, bajo los focos del Campus Rock de la Universidad gaditana, la isleña banda de forajidos renueva su pasión por el urgente baile sincopado de aquella manera, en castellano, por derecho y por la gloria de los héroes de la trepidación. Han enriquecido su sonido, abrillantado buenas canciones y apurado el tiempo que vendrá. Han visto cosas horrorosas y cosas la mar de bonitas. Han citado a su gente, amigos, allegados, músicos locales como Fernando San Martín, cantante de Los Cucas; Pablo Magallanes, bajista de GAS Drummers o el cantautor ecléctico Fernando Lobo. Compañeros, y sin embargo amigos, de diversas generaciones.

 

Josema rinde tributo del tirón a Los Ramones, no en vano encadenan sin descanso su repertorio histórico al más puro y salvaje estilo de los punk rockers neoyorquinos. Josema enlaza en vehemente discurso a los Ramones, Salvador Catalán y Jesús Serván, palabras de agradecimiento que encuentran razones para abandonarse a la emoción de la noche, la rabia y el grito de libertad, sinónimo del rock and roll. Qué gran día. Esperando una señal. La vía. Piezas de ayer y de hoy, de cuando eran chicos y de mañana mismo. Una invitación a echarle un rentoy al olvido. Un ratito memorable. La belleza del ruido, la plástica del cuarteto eléctrico y la prueba fehaciente de que “nada suena igual”. Siempre hay alguien que lo hizo antes, pero nadie como tú. 

 

Conforme sube la temperatura del festín de guitarras, el hermano Lobo, quien precisamente registró su último disco en la Factoría Dalton, se saca la ropa, nervioso, y baila las contundentes letras del combo paisano.
 “Falta mi padre”, suelta el vocalista. Los Dalton exhiben músculo y melodía, se muestran demoledores en su especialidad. Carlos viene de Arabia, es su primer concierto tras su aventura laboral, movilidad geográfica de la construcción moral de la España rescatada. Los hermanos se arriman al instante de complicidad, suenan ahora a los reyes del rock urbano, luego a los mitos de los sesenta, Burning, Los Brincos, Tequila, Ilegales, Siniestro Total y, por supuesto, 091, amén de sus maestros del power pop. Con propiedad, sin miramientos. Distorsión y caderazos. Frenesí y amor por las historias de ida y vuelta, de euforia y pérdida, imaginería rockera. Y de pronto, Josema avisa: "han llegado los padres”. Ya estamos todos. Al carajo Cuéntame. Los padres Dalton triunfan al compás. Los espejos no devuelven las miradas. El tren baja soterrado. “¿Mamá. No decías que no ibas a venir? No me esperes despierta”, endiña Carlos en voz alta. Lobo se quita el chaleco, luego se lo pone, canta por bajini, y la gente se reconcilia con el misterio de sentirse tan bien, de improviso, sin motivo aparente, a tenor del discreto karaoke: “Puedes confíar en mí”. Qué bien. Vamos con las baladas a medio tempo, donde Josema canta con magia y precisión al fin del verano, los kilómetros de cariño mutuo y los corazones rimados. Por supuesto, ya puesto, Josema dedica una copla a su hija Ángela, que toca el teclado en sus ratos libres y ahora pasea junto a sus primos de un lado a otra del patio. 

 

Antes del acabóse, dibujito animado revolucionado más bucanero que pantera rosa, Lorca se cuela por las rendijas del rock atemporal y el personal vibra con los latidos de siempre. Todo o nada. Es tan triste desaparecer, dice la copla, que los Dalton se figuran la eternidad a golpes. La batería de Jesús sufre la efervescencia del momento. Qué momento. La revelación del año 92, en plena forma. No se rinden. El telonero, Julio Cable, que minutos antes ofrece un breve aunque enérgico pasaje de buen gusto, aplaude como un descosido desde su camiseta de rayas como la que lucía José María Granados, de Mamá, primos hermanos de Nacha Pop, a su vez admiradores de Costello, tal vez los Stranglers, los Clash y “demásh“. Todos ellos, deudores del riff de Chuck Berry. El futuro ya está aquí. O no.     

ENRIQUE ALCINA  

 


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